A Fernando López

SOMOS DEUDOS DE UNA NATURALEZA DESDENTADA con la sola aventura de uno mismo, conque el paseo nos lleva a ningunaparte de viaje por mis adentros en cada peldaño librado al cielo; correría kilómetros sin perderme de vista: a dos pasos de la Naturaleza, y muy cerquita del arte, por la vida.

El arte es lo que no es Naturaleza, se lo robo a Aristóteles que lo dice muchas veces (hoy no es la última) tan tranquilo aunque no sea verdad cierta; es Naturaleza, pues no es arte, como sin problema; al revés, es artefacto pues no posee el principio de realidad en él mismo, entonces estoy fuera del ámbito natural, no es tan evidente ¿el mulo es natural si no transporta ningún principio? Él, con su final, de una estirpe que nunca empieza, a cuestas.

Mire hacia donde mire no queda Naturaleza. Por todas partes hemos conseguido dejar una impronta que aleja la Naturaleza de ella misma, como no hay Naturaleza, la búsqueda de lo otro nos delata a nosotros mismos, lo otro soy yo antes de este tropiezo, o bajo el peso de una Historia también escrita sin alfabetos, perdido, sin acertar a leer las huellas dejadas, descubro en el ver la puerta a la comprensión de lo esquivado a toda prisa.

El land-art es el último intento por aferrar una realidad yéndose entre los dedos antes de reconocer que sólo queda el puro vuelo, último porque, desde que pudimos dejarla, al arte le atrae mucho la Naturaleza que no es, abandonar la casa que no reconocemos; el arte quiere la realidad, aunque la realidad evite un arte disfrazado de tantas maneras como épocas, ahora la realidad es la nuestra, pero antes no, y no hay más que darse una vuelta por la Historia para verla cambiar de chaqueta, la realidad no importa, sólo interesa aquello que cada retina destaca como vital, y la vida nada tiene de Naturaleza, la vida es huida perpetua de una Naturaleza impuesta desde mil tropiezos para no dejarte seguir adelante; confundidos por el éxito de la técnica hemos olvidado que en la Naturaleza sólo tenemos al enemigo, que el hombre lleva todos los años de su historia corriendo para dejar atrás una Naturaleza idílica en la distancia del arte; cuando por fin la dejamos tan lejos que no pueda atraparnos, llegan otros a poner la Naturaleza ahí, de tantas maneras como paisajes; por ello tantas obras de land-art son sólo paraje exótico a las afueras de zonas habitadas por unos autores de paseo, no pienses en expedicionarios aventureros, no, son hombres tranquilos por las cercanías de su casa para señalarnos el despoblado que ahora pisan, y, si lo otro no es mi casa, es Naturaleza, lo contrario de mi casa; ésta es la mejor enseñanza del land-art, reconocer la Naturaleza como contraria a la casa del hombre, que tal vez fue y de ahí la despedida de las marcas sobre su piel dejadas por el land-art.

La Naturaleza está, más que en todas partes, en ninguna; para comprenderlo necesitas caminar sin freno, pasear en simple ejercicio de trascendencia del camino para entretenerte con el caminar mismo, la sucesión de pasos es tan estimulante que puesto en marcha, si el lugar tiene la hospitalidad suficiente para no volver la marcha batalla interminable con la intemperie, será perderse por parajes y días, un paso tras otro, y atrás tus huellas mirando al cielo; algo así vale para entender el land-art como colonización de una superficie elipse pura del cielo; no necesito entrar en el detalle de obras vueltas al cielo dibujando su sombra por una orografía tan evocadora como lo decida el paseo, todo tiene un poco que ver con la mirada perdida que evita el tropiezo y quiere ver sin trabas, lejos de planificaciones sin espacio para la sorpresa, volver a la Naturaleza, sobre todo si no es tu casa, es ir a luchar con lo inesperado, romper lo cotidiano en añicos hasta no dejar rastro de tu vida diaria, cada día fuera de casa son vacaciones de ti mismo porque sales del uniforme y te ves como otra cosa a fuerza de no ver nada amigo; la pupila atenta y la mano despierta para cogerlo todo al paso (si no se repite, que), sin olvidar nada (y cómo contarlo si miras al cielo); quien esté familiarizado con el land-art y, antes con todas las artes del afuera como salida a las inercias, descubre lo importante cuando el camino acaba, por cansancio, por llegar al final, en ese momento el cielo cae sobre la tierra y todo aparece de golpe, en la misma imagen se funden las distintas alturas y se vuelve un cuadro inagotable; transmitir esa impresión sin fin, inconcebible si no es epílogo del paseo, es intención del land-art.

El land-art no es sólo esa forma del arte que vuelve al lecho del hombre que no es su casa ni sólo la conquista de un territorio indomable tan propio de una nación joven como la estadoundidense donde en cualquier lugar, de la juventud de su patria y continente, asoma una parcela de lo sublime para dejarte boquiabierto; también es la reflexión ejecutada tras haber vivido fuera de casa en sitios inhóspitos rechazados por el hombre, cuando uno se encuentra fuera sortea tantos riesgos como invoque el favor para vencerlos, esa mirada del tenis, de un campo a otro siguiendo la trayectoria de una pelota de la que no es dueña, es la del artista componiendo en su misma retina las imágenes de una aventura grabada en cada pliegue, muy atenta y despierta para que su fijación resulte lo más alejada posible del camino recorrido; por eso el land-art más interesante trae a la tierra el cielo y algunas pinturas salen del cuadro para volar como la mirada perdida de quien pinta: para que vayas a ningunaparte sin miedo y sin esfuerzo.

El olvido de uno mismo aparece tras el interés de cada paseo y cuantos pasos des fuera de casa, el caminar es una letanía que nunca para ni se conforta con verbalizar el ruego, el movimiento de unas cuerdas vocales aplacadas, al pasear, se transfiere a piernas que fatigan el ansia del pensamiento y permiten una reflexión más afinada, los pasos son respuestas a los ritmos internos del fraseo y repiten a tempo el discurso de las ideas y su oralidad, ahora viene el estribillo, se te agolpa un poco el refrán y vuelves a la cadencia de la estrofa en cuanto respiras de la lujuria de una frase que, mira qué gracia, repite al milímetro la longitud de aquella senda, sin parar de decir lo que te rodea, con el tacón de cada paso, vas dejando las cosas en su sitio y bien sentadas, porque hay que terminarlas, esto es lo importante, descubres que la Naturaleza está ahí para completarla porque está inacabada y da pie a colorear lo visto con la recreación aumentada de lo sentido, de forma irrepetible; de igual manera resulta una torpeza (salvo en mente tirana) esperar de la Naturaleza un comportamiento acorde con nuestros deseos, algo que no puede ser porque queda muy cerca de la vida, aunque un poco más lejos que lo está el arte, con absurdo afán de predicción muchos ven en la Naturaleza una esclava del hombre cuando sólo es lo abandonado de su mano, inacabado para concentrarse en una habitación que, de veras, lo ampare de la sorpresa y libre de la noche, aunque desde que iluminamos los días, la noche no tiene sentido y, sin ella, sólo resiste la barrera de uno mismo.

NILO CASARES

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