El jardín de el bosque

“Algunos tienen una idea horrible

de la felicidad y la confunden

con el placer.”

SAINT JUST

 

Todo empezó en el Jardín: el del Unicornio y la granada para los iraníes arcaicos; luego vino el Edén y la serpiente para los hebreos y el de las Hespérides  y el dragón Ladón en la versión grecorromana, cuya fruta prohibida es la manzana. Por fin, durante la Edad Media, en los ciclos de los mitos celtas, una leyenda, la de los viajes místicos de S. Brandán por la senda de Avalón (que significa manzano) constata que el Jardín de las Delicias se encuentra en un archipiélago perdido en medio del Atlántico, en una de esas islas llamada, según la leyenda, “Hy Bressail” o simplemente “Brasil”, lo que en lengua celta significa: “Isla Afortunada”. De esta forma llamaban también los grecorromanos al “Huerto Prohibido”, situándolo en algún punto inalcanzable más allá de Gibraltar, hacia occidente.

Sea pues la Amazonia o no, el verdadero Jardín, es importante observar cómo el descubrimiento de Nuevo Mundo y su naturaleza virgen influyen decisivamente en la evolución y configuración de la cultura y la economía europeas de entonces. Es posible vislumbrar cómo el Jardín se metamorfosea en la Isla que, a su vez, se transforma en esa construcción científico-estética que es el paisaje. Entre la explotación y el mito del Paraíso. Entre la Razón y el Sentimiento. “Presumiblemente, el arte del paisaje nació en la zona fronteriza entre estas dos fuerzas opuestas”. Según apunta el profesor Sevcenko de la universidad de Säo Paulo. Y esta duplicidad se manifiesta claramente en los pioneros, todos ellos pintores: Los paisajes rurales flamencos sobreexplotados de Brueghel o las delirantes perspectivas de Altdorfer, entre el caos y el orden. Pero quizás sea Patinir y su fusión de la miniatura gótica con el protagonismo de una Naturaleza más real, el verdadero iniciador del arte del paisaje en Occidente. Después vendría Ruisdael, luego Friedrich. Antes aún, alguien del que había aprendido Patinir: El Bosco. Ya su propio nombre habla del Jardín, como por encantamiento medieval, al igual que su obra más completa y universal, lo que luego se denominaría la “Weltanschaung” u obra de arte total, el famoso “Jardín de las Delicias” de 1505, del que Cirlot, cerrando un magnífico comentario, nos dice: “… en esta pintura, Bosch se siente menos predicador que en las Tentaciones o Juicios Finales. No se conforma con ofrecernos la visión paradisíaca ni, menos aún, con asustarnos mostrando el padecimiento de los condenados. Nos dice lo que es la vida en el transcurso temporal:  nos muestra la repetición como categoría de inautenticidad, como garantía de la pérdida que se experimenta tras cada logro. No nos dice qué hemos de hacer, en este caso. Muestra el trasfondo de la vida, y el mismo título de la obra cobra desde este ángulo un pavoroso acento de sarcasmo. Sarcasmo, y esto es justamente lo terrible, transfigurado por una belleza que realmente existe”. Este doble aspecto de lógica e inverosimilitud, característico por lo demás de toda la obra del Bosco, nos introducirá en el misterio (en el paisaje).

El Jardín, al que todavía no se ha dado una interpretación certera por parte de los estudiosos, se convierte así en un enigma. Al respecto, M. Gauffreteau-Sévy escribe: “…pero lo que sorprende no es la vanidad de los goces sensuales, la preocupación de saber si esos personajes perderán o no su alma pasa a segundo término. Lo que asombra es la docta aplicación con que el artista ejecutó su obra, multiplicando los desnudos en las actitudes más singulares, poblando el Jardín con un bestiario de proporciones anómalas, animalizando el mundo vegetal y el mundo mineral, acoplándolos para dar origen a complejos de rocas que parecen crecer, de cactos henchidos de largas espinas, de flores y frutos ávidos. Imaginemos a Bosch creando esas figuras innumerables, dibujándolas amorosamente, modelando y remodelando sus contornos, retornando sin cesar a cada tema con la conciencia del obrero que ama el trabajo bien hecho, dominando cada una de sus formas, dando vida a cada una de ellas, y esto durante días, semanas y sin duda durante meses. ¿Sabremos nunca cuáles fueron los secretos pensamientos que encerraba en ese universo?.”.

Aludiendo a esa naturaleza sexualizada que caracteriza toda la composición, junto a las esferas, que simbolizan los mundos personales, microcosmos donde la pareja representa la fuente de la vida (pero cuyos diámetros coinciden con los de las arquitecturas del fondo, hecho este que nos introduce un número cabalístico en la composición), el propio paisaje,  de influencia oriental e imaginario, se convierte en soporte de una humanidad de replicantes, que habitan el Jardín. Estos seres a los que Cirlot denomina “multiplicidad pululante”, deja entrever en su actitud un cierto erotismo, que sin embargo brota plenamente en el escenario, que se convierte en portador de éste.

Volvamos a los orígenes del Jardín; veremos que son los mismos de la aparición de un nuevo concepto en el pensamiento occidental, el re-nacimiento de un mundo (el Mundo). El concepto de “paisaje” tal como lo conocemos, hubiera aparecido en la Roma del Imperio de Occidente si no se hubiese producido su caída y el advenimiento del Cristianismo. Es por esas fechas (s. IV) cuando aparece en Oriente. Un poeta de la China del Sur, Tao Yuanming (365-427) decidió abandonar la ciudad y su trabajo de funcionario para establecerse en el campo, al pie del monte Lu, célebre por sus paisajes. La intención verdadera es, indisociablemente, el deseo profundo del poeta (retornar a la autenticidad de la vida en los campos) y el sentido profundo del paisaje. Es la naturaleza humana unida a la naturaleza cósmica, dicho de otra forma: el Dao. Esto ya anticipa la idea de que el paisaje existe sólo a partir del momento en que se considera como tal. Sin una conciencia del paisaje, apunta el profesor Agustín Berque, experto orientalista, lo que se ve en el entorno es algo diferente. Y esta conciencia aparece mil doscientos años después  en Occidente. Será poco después del descubrimiento del Nuevo Mundo (entonces un gran jardín).

Por absurdo que pueda parecer, a partir de esta aparición, el arte del paisaje no siempre ha sido, yo diría que casi nunca, equivalente a conciencia de la Naturaleza. Ha sido ocasionalmente utilizado por movimientos políticos y de pensamiento, y no es, salvo honrosas excepciones, más que el escenario de la comedia humana. No será hasta  el Romanticismo nórdico cuando se produzca una corriente exclusivamente paisajista, en la que citar a Friedrich, cuya obra, también confundida con la religión, como la del Bosco, representa el punto clave del paisajismo artístico europeo que coincide con el inicio de la Revolución Industrial y sienta las bases del prototípico pintor viajero del XIX. En artistas norteamericanos como Smithson, primero, y en artistas de todo el mundo, hoy día.

Beuys en los 70’ inicia el Partido Verde Alemán. Para él cualquier persona es un artista. Hoy el panorama es más que confuso: política ecológica y económica; arte anti-comercial en galerías privadas; el gran orden mundial del dinero y la globalización; la tecnología  como gigantesca pantalla que oculta y muestra a la vez. Una relación entre la explotación y el mito del Paraíso, entre la razón y el sentimiento, contradictoria como nuestra confusa relación con la naturaleza. Y China es ya capitalista.

 

FERNANDO LÓPEZ

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