El paisaje domesticado

Al paisaje se llega de dos formas, sin olvidar que es una mera proyección personal (en el mejor de los casos) o de época; uno puede ir hacia el paisaje con el pálpito sublime de la más absoluta quietud y reverencia ante lo que ocurre, o sea, nada, porque lo sublime consigue ponerte al límite para que te quedes con la boca abierta y sin aliento; pero también se puede llegar al paisaje caminando, con un paseo de desigual velocidad conforme a la orografía que se te va presentando y los restos que los distintos relieves te enfrentan. Acercarte al paisaje, y no estoy diciendo en ningún momento a la naturaleza porque no existe (por todos lados se da la mano del hombre, también por la sacralidad de los más agrestes), a buscar sus restos y evocaciones es lo que nos presenta la obra de Fernando López, un pintor que empezó por repetir historias de la historia del arte para acomodar la mano y el ojo a la pintura, y hoy recoge lo menos historiable de la vida del hombre, los derroches domésticos propios del cansancio con nuestro mobiliario, paisaje doméstico que te caracteriza a ti y le cuenta a las visitas cómo eres en una panorámica que, tantas veces, te delata. F. L., valiéndose de esos restos que dejamos porque cambiamos de vida y nos permitimos renovar el mobiliario, con tales sobrantes, se va de paseo por la sierra albaceteña y le pregunta al mismo paisaje, ahora inmenso y ya no doméstico (sigo insistiendo en que sí domesticado, por primera casa del hombre), qué representación reflejará mejor el momento que fijar en tu retina para que no pase de largo. El encuentro del resto doméstico con el rastro del pintor congenia en una serie, que el autor promete interminable, para fundir lo perdido con lo olvidado. Vivimos en nuestras casas despreciando las maderas que dan calor a nuestras casas, acaban en la basura porque no hay mejor sitio para el menosprecio, pero esa madera tuvo un lugar origen por el que F. L., caminante, vuelve sucesivamente para encontrar la madre de la madera que tiré por vieja, a ella, a su madre, regresa con caricias de óleo e impone a las planicies de la tabla todas las elevaciones de la sierra, sus arboledas originarias y tantas otras cosas que sólo el paseo encuentra.

NILO CASARES

Galería Alba Cabrera

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