El paisaje y las ruinas

La presencia de Friedrich es la del paisaje. Un paisaje sin hombre. O, con más precisión, con alguien cuya mirada, cuya soledad, se hunde en él, desaparece en él. La espalda del caminante, o la figura del monje que pasea al borde del mar son parte del lugar, como pequeños fragmentos de un espejo roto. Ya no pueden reconstruirse escenarios al modo de Jardín de las Delicias en el tríptico del Bosco. La visión gótica abría entonces el universo como fruto. El dulce que engaña, que conduce al error, al pecado. Desde el que se bifurcan caminos: cielo, tierra, infierno. Pero Friedrich ya no entiende a Dios, ni sus sendas. Lo confunde con lo infinito, con el misterio que goza en un fugaz instante el mar para el errático marinero. La extrañeza de un naufragio sin esperanza. Un escenario tras cuyo telón no se puede encontrar más que la desgracia o la muerte, en palabras del propio pintor. La fe que desespera de aquello que cree. Tal crueldad deja, empero, en su obra, un rastro rotundo, de ausencia. Pues en todo lo que pinta, el centro, el sentido, parece aquello que no se ve. Lo invisible es verdad de lo visible, el enigma sólo se resuelve fuera del cuadro, en lo que se espera, en lo que falta. Si el Jardín del Bosco muestra aún la estructura del mundo, en el artista romántico, al contrario, lo que se manifiesta es un vacío cuya figura sólo puede aparecer, ser, más allá.

Desde la perspectiva de un contemporáneo la angustia de Friedrich se ha trasmutado de modo total. Fernando López rescata de él lo que nuestra mirada puede: el paisaje que está ahí, sin simbolizar nada, sin trascender, sin esperar lo inesperado, las siluetas de un mundo pletórico, sin la herida del pecado, redimidas de toda caída, absolutas, carentes de infinitud. Son los seres en su soledad lo que su pintura redime. En sus árboles, sus fábricas abandonadas, sus montes, lo humano sigue sin tener sitio, pero no por faltar allí lo verdadero.

Sin embargo, cuando las cosas están solas en el tiempo y ya no simbolizan otros caminos, devienen ruina; son sólo la continua acción que reúne y dispersa, que da y quita. Señalan en lo que es lo que fue, signos, así, del círculo eterno que ya no puede escapar de sí mismo. Por eso, quizás, la obra de Fernando López está inmersa en la certeza frágil de las cosas abandonadas – un tocón, un trozo de mesa, de madera, de espejo-, más allá de la mirada, del gesto de la memoria que el arte salva.

Homenaje a Friedrich su obra no puede escapar a la maldición de la época que vivimos:

El arte como señal, símbolo de lo verdadero, en el más puro sentido romántico, aquel que embebe la filosofía de Schiller o Hegel, incluso de Schopenhauer, ha devenido sólo recuerdo. Quizás, para algunos, nostalgia. De cualquier forma, pobreza. Pues pobres son los tiempos donde las ruinas ya no hablan del esplendor de lo perdido, sino del gesto mísero en que en cada mercancía presente consume para siempre la antorcha de cualquier futuro. Tiempo sin horizonte, inevitablemente ruin. De esas ausencias habla también esta pintura, de un hoy incapaz de salir de sí mismo. Cercado.

 

CIPRIANO JÁTIVA

 

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