Jardinero de ruinas

Para Fernando López, por las bien aprovechadas noches de Benimaclet,

y los nunca del todo aprovechados días valencianos

 

 

Ruinas pintadas sobre ruinas reales.

Bosques que, sujetos a la disciplina de la representación, al extrañamiento del transplante a un espacio civilizado, deponen parte de su idioma salvaje. Circunscritos a la superficie en ruinas de un vestigio que construyó la mano del hombre y cuya utilidad ha depuesto la mano del hombre, los bosques pintados se vuelven jardines. Su misterio se agudiza y se codifica al quedar confinado. Bosques transubstanciados en jardines.

Y en los jardines, ruinas.

La ruina mirada con idéntica reverencia con la que se mira el bosque. Restos de edificios y de objetos contemplados como restos orgánicos, inscritos en el ciclo natural, arrasados y ajenos como ramblas o canchales; y viceversa: la naturaleza mirada como la significativa ruina de lo que se quebró irremediablemente, océano de pecios y derrelictos, colosal naufragio de trastos.

 

(El romanticismo es un detector de ruinas, un reactivador de ruinas y un fabulador de ruinas; pero el romanticismo es incapaz de hacerse cargo de que su propia obra sea una ruina. Después del naufragio romántico, al artista se le concede la trágica gracia de intentar el ensamblaje de los fragmentos o la unión con sutura de los restos hallados, aunque de la operación no se obtenga vida sino, cuando bien resulta, una plena, palpitante declaración de ausencia de la vida. Un artificio que late; una vívida y expresiva ruina. Semejantes recombinaciones de lo mutilado también enajenan el cuerpo de la historia. Y fingen una segunda naturaleza. Porque la pintura es, por supuesto, una segunda naturaleza; pero sólo a condición de que, en su arbitrariedad esencial, consiga urdir una ilusión de necesidad, de perentoriedad. Es la misma condición que se le pone para sobrevivir a su clima, ingresar en la historia).

 

Ruinas que han arraigado en los jardines. El espacio es sembradío del pintor. La pintura ajardina el espacio y a la vez lo arruina.  La ruina, que es menesterosa, pero nunca pobre; que se vuelve ella misma dádiva al ser exhumada, como un tesoro, al edificar un jardín en torno suyo. Un jardín donde recoser en secreto o injertar unos en otros símbolos humanos, hilvanar pecios, tocones, muñones de civilización, miembros de viejos maestros, los unos junto a los otros. Si la criatura se tiene en pie vive y al tiempo es ausencia de vida.

 

Plantas pintadas que son manufacturas. Artefactos vegetales. Las huecas carcasas vegetales del Bosco; no rotas: muertas. Y después resucitadas. El diálogo de doble dirección entre vida y botánica; polen y jardinero; enredadera y podadera; la locura que genera y la disciplina que vuelve elocuente. Y el resto humano rescatado, providencialmente, del vertedero, como el elegido al que el demiurgo salva del naufragio y que ignora lo que se espera de él exactamente, pero que lo agradece con su docilidad y se pliega a su segundo destino: donar lo que retiene de vida. Lo que retiene de la humilde destreza del menestral que le redimió de la necesidad dotándole de un vulgar uso humano. Lo que retiene de la humedad de la vida y del orgullo de un uso. Ahora el providencial rescatador, el jardinero, le da una segunda existencia, una segunda utilidad al pintar sobre ella ruinas y bosques: pasar de ruina a símbolo de la ruina, no necesariamente con engreimiento.

Abrir con modestia en el corazón de su materia modesta una distancia infinita.

 

Y ya en el jardín, el murmullo compartido y la gravidez de lo escondido. No hay jardín que no invite a la entrevista en baja voz, al encuentro clandestino o al enterramiento del arcón y de lo que, a su vez, el arcón esconde. Códigos cifrados y mapas del tesoro. A los jardines les conviene el contubernio, la conspiración, el acuerdo secreto, el cofre escondido, la conversación en voz baja que resuena sólo para quienes la sostienen, separada del bramido del mundo por los altos muros que en ningún caso se pueden transitar, aunque sí mirar desde alguna ventana privilegiada. Fernando López ha construido un jardín y practicado una ventana en las cosas, en el bosque ciego del espaciotiempo, para mirar su jardín de ruinas.

 

(Esto contempla en silencio, de espaldas a nosotros, hurtándonos el rostro y asomada a su propia ventana –la del estudio de su solitario esposo en Dresde- la joven esposa de Caspar D. Entretanto, Caspar D., su esposo, la pinta a su vez en silencio a sabiendas de que la pintura es ventana a un jardín en ruinas. Pero no ve la carcoma en el marco de su propia ventana).

 

J. C. Gea. Junio, 2001

 

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