La ausencia presente

La primera impresión que suele tener el espectador que asiste a una exposición de Fernando López suele ser perplejidad, la sorpresa y el asombro provienen del variado formato de las obras -y no me refiero al tamaño-, ya que los soportes que utiliza son en extremo variados: cabeceros de camas, puertas de mesillas, bandejas de camareras y un sinfín de piezas de madera que han trocado su factor de utilidad en medio de transporte artístico.

A continuación, el espectador cae en la cuenta de que tiene enfrente un trabajo fino y delicado, una pintura minuciosa que cuida cada uno de sus trazos para plasmar fragmentos de paisaje que resultan tremendamente familiares unos con otros; cada una de las colecciones parece recrear el mismo lugar desde multitud de puntos y momentos, logrando que el espacio y el tiempo hagan variado y múltiple lo que, casi por definición- debería ser único y constante.

Ya inmerso en la muestra. comienza a descubrir otros matices en los que suelen coincidir los convocados, me refiero a la oscuridad de las piezas, la ausencia de figuras -tanto humanas como animales-, las difíciles perspectivas, la sensación de un reposo que casi se confunde con la inmovilidad parmenídea, la impertinente presencia de los árboles y las piedras, los sugieren cielos y tantas otras cosas que se desvelan dura la contemplación.

En el transcurso de este proceso -mucho más rápido que esta somera descripción- el asistente a la exposición queda cautivado y capacitado para reconocer la obra de Fernando López, diferenciarla de cualquier otra y, casi con seguridad, no dejará de seguir las ulteriores propuestas del pintor.

Si algo hace artista -en el sentido pleno término- a Fernando López es, precisamente la capacidad que posee de transmitir todas las ausencias que están presentes en su obra y que, significado y coherencia a cada una de sus piezas sin que sean necesarios conocimientos previos de pintura, arte o estética, es decir ofrece una producción autorreferencial, en la que queda patente la ligazón de cada una de las unida en un conjunto mucho más amplio.

Son, en concreto, estas ausencias las que hacen que el trabajo de Fernando López no se agote en la elegancia o la originalidad, sino que explicite una teoría más extensa y ambiciosa que incluye tanto una metafísica, como una estética y una ética, es decir una visión del mundo, una forma de representarlo y una toma de postura ante la sociedad que nos ha tocado vivir.

Estoy hablando de un texto polisémico que puede ser leído directamente con un sentido claro y evidente sin que queden obviadas las propuestas más profundas que en él se reflejan: las ausencias que lo dotan de los parámetros estéticos, éticos y metafísicos cada una de las piezas sería como un párrafo escrito en un determinado idioma pero con la extraña virtud de poder ser comprendido en otros diferentes sin que ninguna de esas com¬prensiones -aun no siendo las mismas- difirieran en lo más esencial.

Es muy posible, ni mucho menos descabellado, que la anterior descripción resulte para muchos rebuscada, sin embargo no es así; la producción de Fernando López tiene la curiosa virtud de convertir en sencillo lo que deviene de complejidad sin que ésta sea puro artificio; quiero decir: la aparente sencillez de las piezas del autor consigue expresar la tremenda complicación de cada una de ellas sin que moleste a la contemplación Porque es preciso tener en cuenta: cada una de las obras de Fernando López es resultado de un trabajo exhaustivo, una búsqueda comprometida con lo que el paisaje pretende y un afán de comunicación con el hipotético contemplador en cualquiera de las situaciones posibles. El desarrollo de sus obras nunca es ajeno a la técnica más depurada, parece un trabajo renacentista en el que era de vital importancia descubrir los centros, puntos de fuga, perspectivas, proyecciones, etc., para que el espectador se sumergiera de forma ineludible en una propuesta que trasciende la propia obra e implica una apuesta por otro mundo igualmente posible y, quizá, más real que el vivido.

La ausencia de la figura humana en sus -aparentemente- sencillos y tranquilos paisajes, no es más que la constatación de la relación que mantiene el hombre con la naturaleza, en concreto es síntoma de la escisión que ya señalaron los románticos y que cerró Goethe en su obra más reconocida cuando Fausto contempla atónito – pero muy complacido- los trabajos que se hacían en los Países Bajos para ganar tierra al mar y, por supuesto, los justifica como una parte de ese encuentro que el hombre busca con la eternidad, que no puede pasar por menos nada más que domeñando a su madre: La Naturaleza. Desde ese instante no hay teoría que no centre sus esfuerzos en explicar o, mejor dicho, justificar el papel de lo humano en el desarrollo de algo que le es ajeno: El Mundo. La tremenda obcecación que, creo, tiene su punto culminante en el existencialismo no empieza a tener críticas hasta bien pasadas las dos grandes guerras, periodo a partir del cual los parámetros explicativos al uso se quedan huérfanos y en el que se intenta reubicar al ser humano desde multitud de perspectivas: ser para la muerte, ser en el mundo, mero Fruto del lenguaje, construcción epistemológica. resul¬tado de las relaciones de poder, una pura interpretación. etc. Sin embargo todas estas construcciones no son capaces de dar consistencia al papel que puede jugar, o juega, la humanidad para finalizar la escisión que tuvo lugar hace tres siglos. Es por ello que en las obras de Fernando López no aparece una figura humana. aunque siempre esté presente; lo que se contempla en sus trabajos es el estado en el que permanece aquello que hemos agredido y lo que gracias a su labor devolvemos, incluso se reconoce el valor que tienen las ruinas industriales en cuanto retorno al paisaje de lo que pretendía romper su unidad auténtica. Además la elección del paisaje como tema de su trabajo pictórico ya supone una presencia de lo humano ya que no existe un paisaje sin una mirada y las miradas siempre son humanas y, por tanto, constructoras o destructoras (que es lo mismo).

Otra de las ausencias que está presente en su trabajo es la obsesión por las maderas y el óleo. Podría parecer que se trata de encontrar un punto de distancia respecto a lo que realizan otros artistas, una forma de identificación que facilite el acceso del público, etc. En realidad detrás de todo esto se encuentra un postulado ético fuerte en, por lo menos, dos sentidos: el primero es posibilitar el retorno a su lugar de origen a unos elementos ya despreciados por los usuarios, elementos que son fruto del azar y que, sin embargo. condicionan la elaboración de la pieza y la elección del paisaje; es decir se trata de recrear el paisaje, devolverlo a una posición original que se sabe imposible, pero que también se es consciente de que, aunque distinta, guarda y cambia los elementos del origen; y el segundo es mantener la opción de tratar -aparte de modas con los materiales más naturales posibles: maderas y aceites. Estamos diciendo recuperar maderas de la basura, mimarlas y prepararlas para resarcirlas del desprecio de que han sido objeto, vistiéndolas con el ropaje al que estaban acostumbradas para acompañarlas al lugar del que fueron arrancadas: los árboles, el paisaje.

Una ausencia no menos importante, que suele pasar más desapercibida es la labor de Fernando López. Todo lo que sale de sus pinceles parece que goza de la virtud de la sencillez -y así es en cuanto al resultado- y la ausencia de complicación. Sin embargo, cada una de sus piezas es el fruto de un trabajo minucioso y casi obsesivo en el que cada línea, cada color y cada forma cumplen un papel determinado en el conjunto sin el cual no se obtendría esa laxitud que parece ofrecer cada uno de sus trabajos. Este aspecto es más que destacable porque es lo que diferencia a un artista de Un “gnoseoartista”, éste es el que precisa de la explicación antes de la contemplación para que la mirada ya esté cargada de las pretensiones que el autor pretendía plasmar en la obra.

He dicho que un análisis -más profundo que contemplación y el deleite- de la producción pictórica de Fernando López descubre tres factores íntimamente trabados en cada una de sus piezas: el metafísico, el ético y el estético.

La metafísica es una interpretación del mundo, un proceso escrutador que busca el sentido del aparente caos en el que nos movemos: la pretensión se ha mostrado como imposible a lo largo de la historia. Todos los intentos han estado condenados al fracaso, una y otra vez han sido revisados sin que por ello se haya conseguido síntesis aceptable. No es posible decir que Fernando López lo haya logrado porque para ello tendría que haberse embarcado en un proyecto enciclopédico y él mismo es consciente de que su labor es la del inventarista que recoge fragmentos que cada vez se hayan más próximos a esa totalidad que es inalcanzable, pero no es menos cierto que según aumenta el inventario tenemos una percepción menos difusa de esa realidad velada desde el inicio de los tiempos (como ya descubrieron los primeros pensadores jonios), que el incremento de las piezas marca de forma indeleble el camino a seguir y, por último que el rastro en el sendero es fecundo porque por lo menos permite rechazar otras tensiones explicativas que se agotan en sí mismas, precisamente porque intentan convencernos de que ellas han culminado la ansiada cima.

Quiero pensar que -después de tantas palabras- no es, necesario explicitar mucho más la apuesta estética que Fernando López ofrece. Además cualquiera que siga más o menos de cerca las exposiciones de pintura habrá descubierto que ya le han surgido imitadores -por cierto de los malos, porque nunca especifican de dónde procede la idea-. hecho que demuestra que su propuesta es fructífera. Aun así, creo que no está de más señalar algunas (le las características de su sugerente labor. En primer lugar, la elección del óleo y las maderas azarosas y desechadas, una búsqueda de lo natural, el pago de una deuda con la Naturaleza y la complicación de seguir el ritmo que impone cada tabla con sus nudos, sus estrías, sus texturas y las mutilaciones que el uso de los humanos le ha provocado. A continuación, la obsesión por el paisaje. convertido en gran terma del arte. Habría que seguir con la quietud y soledad que rezuman todas sus obras. Y finalizar -si es posible- con la exquisita elección de perspectivas, combinaciones de piedras y árboles y cielos que todos hemos soñado alguna vez. Aunque estoy seguro de que la próxima definición no gustará al autor -en realidad no le gusta ninguna-, es posible que podamos calificarlo como un neo-conceptualista ya que aunque asume que todos los seres humanos son artistas y la vuelta a la complicidad con la Naturaleza, trasciende los presupuestos de este movimiento y define una nueva forma de ver el arte que sólo a él le pertenece.

Sin duda el aspecto ético que desprende su obra es uno de los más interesantes. Se trata del establecimiento de una complicidad con la Naturaleza, un pacto con el que se compromete a devolverle la mayor parte posible de todo lo que le hemos esquilmado: desde este punto de vista es una labor redentora, pero no una redención particular sino colectiva: a través del conjunto de su obra disminuye la escisión entre la Naturaleza y el Hombre. Esta elección trasciende a las mismas piezas de Fernando López, no se queda en la estética, sino que obliga a seguir un modo de vida, propone una forma de actuar que no se deja llevar por el frenético ritmo de nuestra sociedad actual que lo basa todo en la prisa, el acaparamiento, la individualidad, la competición, el éxito, el desprecio, la soberbia y la ceguera. La oferta del autor es un mundo más sencillo, con unas necesidades más acordes con lo que tendría que ser un auténtico desarrollo de la humanidad, es decir afirma la posibilidad de que la labor de cada individuo contribuya a su plenificación, a que cada hombre se pueda reconocer en su trabajo. Es, ni más ni menos, que desvelar el proceso necesario para dinamitar la reificación a la que el nuevo orden nos ha sometido.

Reconsiderando todo lo dicho anteriormente y sin olvidar que las ausencias están presentes en cada una de las piezas de Fernando López –y, sobre todo, en el inventario de las mismas- estoy convencido que se puede afirmar, aunque pueda parecer pretencioso, que estamos ante aquello que se llamó el arte total: la cohesión entre pintura, música y literatura, cuyo mejor exponente era la ópera. Cabe preguntar dónde aparecen la música y la literatura en las pinturas del autor, se debe responder que son esas ausencias presentes: la música es el silencio que surge en cada uno de los paisajes y la literatura el gran libro que representa el inventario en el que cada cuadro es una página de ese texto que pretende interpretar el mundo.

 

GREGORIO SALVADOR

 

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