La excursión como metáfora en la obra de Fernando López

Herencia de la última centuria, en estos momentos, comienzos del siglo XXI, existe un interés renovado por el paisaje. Lo que no debe sorprender, pues se viven tiempos de revisión, de reinterpretación, de rediseño, relacionados con anteriores visiones, interpretaciones y diseños. Nos hallamos, pues, en ese punto de renovación paisajística que, presumiblemente, deberá desarrollarse en los próximos años. No me estoy refiriendo al paisaje entendido como género exclusivamente pictórico, a ese paisaje que, en el devenir de la historia del arte, propició instantes tan sugestivos.  Numerosos creadores plásticos de finales del siglo XX supieron enfrentarse al paisaje desde ópticas bien diferentes. El caso de FL puede incluirse dentro de esos creadores para los cuales el paisaje se constituye en una suerte de construcción mental, que busca presentar la mente como Naturaleza. (A este respecto resulta recomendable consular los texto de Smithson, en el catálogo de “El paisaje entrópico. Una retrospectiva, 1960-1973”, exposición del IVAM, Valencia abril-junio 1993). Porque por ahí van los tiros de FL, más allá de otros conceptos, pretéritos o contemporáneos, del paisaje. Lo que nos propone, en definitiva es un recorrido por su observación personal del paisaje, un paseo hacia ningún lugar, una metáfora de la excursión.

Desde mi atalaya de la crítica de arte, se me antoja muy legítimo que el espectador se quede con una primera mirada la cual le conducirá hacia una lectura que, como parece lógico, se verá reducida a la simple observación -y disfrute, probablemente- de una interpretación más de la pintura de paisaje considerada tradicional. Esta lectura resulta tan válida como cualquier otra y es muy posible que baste para obtener un atractivo partido estético de la contemplación de este trabajo pictórico, dado el buen hacer artístico con que ha sido realizado y con el cual se nos traslada a un universo que se mueve entre lo existente y lo imaginado.

Pero, lo que son las cosas, este comentario ya en sus comienzos nos da pie a recordar cierta dialéctica paisajística y resulta curioso comprobar, por otra parte, la evolución de la pintura de FL. Todo empezó con un estudio en profundidad (estudio hasta cierto punto concluido, pues todavía se continúa descubriendo otros aspectos, sacando nuevas sugerencias) de “El jardín de las delicias”, la tabla central de la pintura de El Bosco que se conserva en el museo del Prado. Ése fue el punto de partida para la obra posterior de FL. Un punto de partida que quizá pudiera situarse en 1987, cuando el pintor desarrolla lo que denominó paisajes fragmentarios y comienza a utilizar como soporte maderas encontradas en los contenedores. Después (1992-93) vendrían los paisajes en ruinas, que el propio autor especifica como ruinas socioculturales. Seguiría el gran paisaje entrópico del arte, explicitado como ruina global con referencia al jardín. Para terminar, de momento, con  el paisaje anarqueológico, que es su inventario de ruinas y hallazgos. Con este inventario, que no cesa, FL pretende crear una suerte de metáfora de la excursión.

Y hablando de excursiones, viajes o paseos, observamos que el proceso de trabajo de FL con su andadura entre montañas, contemplando la naturaleza, disfrutando de ella, también visualmente. En este punto advertiremos, si queremos seguir el proceso de elaboración que FL lleva a cabo, que aquí aparece la cámara fotográfica, capaz de captar imágenes con su objetivo artificial, cuyos resultados no sólo recordarán lo visto en el caminar, sino que seguramente sugerirán apreciaciones no contempladas por el ojo humano. Estas imágenes, su montaje, se convierten así en el segundo paso del proceso artístico y han sido motivo de exposición en alguna sala especializada en fotografía.

Tras la naturaleza, sigue la fotografía: “Como los apuntes del natural del paisajista romántico del XIX, adquieren su belleza en su provisionalidad”, subraya FL. Y se concluye en el cuadro, el cuadro como interpretación, pues no se trata de imagen objetiva, para eso ya está la cámara fotográfica, sino de imagen subjetiva, para lo cual se encuentra precisamente el artista, el creador plástico.

El tercer paso surge con el soporte el cual, en este caso, se constituye en elemento integrado en la aportación global de la obra de FL. Un elemento que, lejos de ser anecdótico, condiciona el lenguaje definitivo de la plástica de nuestro artista, al tiempo que comunica nociones inéditas, propiciando una estética enriquecida .

Queda, por supuesto, el ejercicio pictórico, consecuencia de anteriores ejercicio mentales. Pintar lo visto y sentido, lo recordado y asimilado. Caligrafía mentalizada por el pintor. Más allá de una pintura sujeta al modelo exterior, más acá de una pintura generada desde el intelecto: tropo de la naturaleza, metáfora de la excursión.

 

RAFAEL PRATS RIVELLES*

L’Eliana, marzo 2002

 

* Ni que decir tiene que este texto, escrito a vuelapluma, es apenas una serie de apuntes, que en ningún momento se proponen ni siquiera resumir toda la teoría que puede generar la obra de FL; unos apuntes, por otra parte, cuya validez se sitúa en proporción a su capacidad de sugerencia.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.