Sin prisas

No me gustan los desechos. No me gustan las ruinas. Sólo por filosofía las rechazo. Prefiero ‘estrenar’. Y todavía estoy esperando a hacerlo: estrenar sobre mi inmaculada pared el reflejo en un espejo de un paisaje de Fernando López. Tengo el hueco exacto. Lo he estudiado, medido, reflexionado una y otra vez, y es ése, el perfecto, el único… Espero –no tengo prisa alguna– poder alcanzar el día en el que tenga frente a mi mirada una obra tan arriesgada y conceptual como la de Fernando López, un paisaje de –¿ninguna parte?– que me haga abstraerme de la puta realidad y me introduzca en la complicada exploración de la poesía del lugar.

Resulta al menos curioso y llamativo contemplar y llegar a entender cómo el paisaje de López vuelve a su lugar de nacimiento, cómo un río, una montaña o un sendero reaparecen impresos en el vientre de su madre naturaleza.

Porque Fernando López utiliza como discurso plástico la madera, los desechos, las ruinas, la basura que rebusca en vertederos, basureros y, ahora, en contenedores verdes. Hace posible que cabeceros de cama, mesas o tableros se reencarnen en un desconocido paisaje de Riópar, en sus fábricas, en sus rebuscados rincones o en otros más fotografiados y explotados.

Y menciono Riópar porque con este espacio natural, enclavado en la Sierra del Segura, tiene un romance especial. Riópar sigue siendo el amante callado, fiel y también celoso del pintor albacetense, que en ocasiones ha osado ponerle los cuernos con otros reflejos forasteros.

Con su pluma plástica, Fernando López es capaz de remontarnos a cualquier estación del año, al amanecer o al anochecer, dependiendo de cómo esté nuestro cuerpo y nuestra mente. De este modo, leer un cuadro de este pintor con tesis es escuchar a los grillos, imaginar a las luciérnagas, ver las cabañas de madera que disfrutamos escasos fines de semana…, recordar el ruido de los arroyos y el mensaje que nos transmite la montaña, la cumbre tocando las nubes, saludando a quien haya por allá arriba, y olvidarnos de la basura y la porquería que dejan los turistas –porque ésta no aparece en el cuadro–.

Los paisajes de Fernando López son fantasmas de otros lugares, tan ajenos y a la vez tan nuestros, con sus luces y sus sombras, con sus trazos y sus manchas, con sus negros y sus verdes crudos y fríos. Es el corazón de la madera que vuelve a latir, resucita con el óleo del autor para la contemplación divina.

Sigo esperando y deseo no naufragar.

 

ANA MARTÍNEZ

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