The waste land

“La poesía existe o no existe; eso es todo. Si es, es con tal evidencia, con tan imperial y desafectada seguridad, que se me pone por encima de toda posible defensa, innecesaria. Su delicadeza, su delgadez suma, es su grande invencible corporeidad, su resistencia y su victoria. Por eso considero la poesía como algo esencialmente indefendible. Y, claro es, en justa correlación, esencialmente inatacable. La poesía se explica sola; si no, no se explica. Todo comentario a una poesía se refiere a elementos circundantes de ella, estilo, lenguaje, sentimientos, aspiración, pero no a la poesía misma. La poesía es una aventura hacia lo absoluto. Se llega más o menos cerca, se recorre más o menos camino; eso es todo. Hay que dejar que corra la aventura, con toda esa belleza de riesgo, de probabilidad, de jugada… Cuando una poesía está escrita se termina, pero no acaba; empieza, busca otra en sí misma, en el autor, en el lector, en el silencio…”

Es indudable que las reflexiones de Pedro Salinas sobre la poesía, que preceden a estas líneas,  son extensibles a cualquiera de las bellas artes: el arte habla por sí mismo y en ese diálogo que se establece entre la obra y el espectador  se gesta el sentimiento de fruición estética, que finalmente nos confirma que, en efecto, estamos ante una obra de arte. En principio, el proceso de comunicación artística podría resultar así de sencillo y, considerando que todo conocimiento empieza por los sentidos, afirmar que la simple recepción de la obra como conjunto de sensaciones, -visuales, auditivas, táctiles…-, ya es suficiente para experimentar ese goce, esa complacencia, esa fruición. Y lo es: no hay que ser musicólogo para gozar de Mozart o de Stravinsky ni licenciado en Bellas Artes para complacerse con Velázquez o con Kandisnky. Pero no es menos cierto que la sensación es sólo el inicio de un proceso psicológico y cognitivo que nos lleva a la percepción, proceso en el que los datos de nuestros limitados sentidos se organizan y toman significado en función no ya de nuestra mayor o menor agudeza sensorial sino de toda una serie de factores tanto personales (individuales) como culturales (sociales) que acaban convirtiendo el proceso de comunicación artística en un proceso intelectual e incluso espiritual, en el sentido de experiencia global. La obra se convierte así en signo, en símbolo más concretamente, en un proceso semiótico en el que el espectador decodifica el mensaje mediante el conocimiento del código utilizado por el artista: entender a un artista es aprender una gramática, independientemente de que el sonido de su idioma resulte más o menos fácil, más o menos agradable a nuestros sentidos.

Encontramos así en el mundo del arte creaciones que parecen estar concebidas para los sentidos y que requieren muy poco esfuerzo por parte del espectador para obtener una fruición estética primaria que tal vez le haga exclamar “¡qué cuadro tan bonito!” o “¡parece una foto!”… Existen sin embargo otras creaciones que son el resultado de la utilización de una poderosa gramática que, como toda gramática, pretende simbolizar el mundo y hacerlo, claro está, desde una concreta Weltanchauung.

En esta segunda categoría, la del arte sustentado por una filosofía concreta, por un esfuerzo de interpretación del mundo y del arte, por una aportación crítica a la reflexión sobre la sociedad, se sitúa la obra de Fernando López, de Sebas Navalón y de Juan Paños, que hoy presentamos. Los tres creadores coinciden al percibir el derroche consumista como forma de vida de la sociedad occidental, con sus consecuencias de producción continua de detritus y de destrucción del medio natural que poco a poco se va convirtiendo en una tierra baldía que la fotografía de Juan Paños nos muestra en todo su dolor y sinsentido: decía Oscar Wilde que la obra de arte no muestra la vida, sino al espectador y, tal vez, la aserción del escritor británico cobre máximo sentido en estas fotografías que nos están diciendo “esto sois, esto habéis hecho”. La mirada del artista, que es mirada privilegiada, que ve lo que otros no ven, conduce la nuestra hacia paisajes que a fuer de reales acaban pareciendo oníricos, que están junto a nosotros y no habíamos visto y es que, lo diremos una vez más, el paisaje no existe sino como construcción humana, como organización intelectual de la realidad, que se muestra indiferente frente a nuestros ojos y que sólo cobra vida y sentido cuando el artista decide enfocar su objetivo aquí y no allá, con esta luz concreta y con esta concreta textura pues no están la belleza y el arte en esos pétreos desperdicios ni en el árbol muerto ni en la piedra seca que no da agua rumorosa, de Eliot, sino en la peculiar mirada del fotógrafo y en su intencionalidad artística.

Intencionalidad artística y filosofía vital que hacen que Fernando López y Sebas Navalón pasen de la contemplación y de la teoría a la praxis más arriesgada, la recuperación de lo ya inútil, de lo desechado, para elevarlo en su categoría de soporte y aun de materia prima a la más alta de las inutilidades; citando nuevamente a Oscar Wilde “podemos perdonar que alguien haga una cosa útil en tanto no la admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla intensamente. Todo arte es bastante inútil” Y a la suprema inutilidad de obra de arte elevan Fernando y Sebas esos hierros, esas maderas otrora útiles para ponernos nuevamente ante nosotros mismos y admirarnos con la reconstrucción de lo que nosotros habíamos destruido, reconstrucción de un mundo a través de la construcción del paisaje, que no existía al margen del pensamiento del artista, o del objeto que nosotros no habíamos llegado a advertir y que el escultor ha remodelado para nosotros.

Paradójicamente el erial, la tierra baldía,  the waste land ha fructificado en la obra de estos tres artistas que han puesto su técnica al servicio de su genio, el que les ha permitido extraer de la basura (otra de la posibles traducciones de waste) el humus primigenio, la materia (de la misma raíz que madera y que matriz) de la creación artística que, no lo olvidemos, al hablarnos nos produce fruición, goce de los sentidos, del intelecto y del espíritu en un diálogo en el que vamos descifrando los signos, la gramática, la semántica de un lenguaje cuya melodía nos habla de la naturaleza y nos invita a reflexionar sobre nuestra condición destructiva y sobre la posibilidad del jardín, necesario universo de lo humano, frente a la deshumanización del erial, de la tierra baldía, the waste land.

 

LUIS MORALES OLIVAS

 

 

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